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MU
NDOS ORILLEROS


De malos, malevos y malandras.

Un mundo orillero donde rige el honor. Y la traición.




Autor: Carlos Adalberto Fernández








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EL OTRO FINAL


INVESTIGACIÓN PERIODISTICA

Noticias acerca del duelo Virulana-el Ancho


La persistencia de incógnitas, en el tema del enigmático duelo entre Vicente “Virulana” Barrientos. y Anselmo “el Ancho” Ruibaldez, en su momento guapos de módica fama en el barrio y aledaños, motivó, en este nuevo aniversario del hecho, el aporte de un periodista amateur, hombre del ambiente, con nueva información, obtenida de fuentes impensables pero insospechables.

Esta nueva documentación, que saca a la luz hechos ignorados o deliberadamente ocultados, tal vez rescate la verdad en este manoseado evento, que afecta la memoria de dos figuras del malevaje local.

Entrevista exclusiva

No sé cómo me encontraste. Tiempo ocultándome de los periodistas, de los letristas de tango, de los estudiosos del lunfardo, de los historiadores de los cuchilleros...

Pero pasá, sentate. Acepté la entrevista porque vos sos el nieto del Jeringa Miralla, que Dios lo tenga en la gloria, aunque no creo. Perdoná lo humilde del lugar. Y la tierra: Desde... aquella vez —me mudé, no podía soportar que hasta el olor de la casa, de las cosas, me invadieran de recuerdos—, desde entonces vivo sin mujer, para el orden, la comida, la compañía. Yo me hago todo, todo lo que puedo, o quiero. Y mirá vos, yo, una luz con el filoso, soy paralítico con el plumero.

Algunas veces paso por el café, ese donde —dicen— se dio el ultimo duelo de malevos del barrio. Bien por el café, ahora lugar de culto, y por el gallego que está inundado en plata. Cada tanto me pasa unos mangos, comisión, que le dicen; eso sí, no deschava. Para no traerme problemas, cosa que le agradezco.

¡Qué quilombo, con ese duelo! Que haber, hubieron muchos y mejores, antes, después (aunque ya pocos). Y hasta durante, otra vez te lo cuento.

El famoso duelo del Virulana y el Ancho Perales. Yo creo que el globo lo inflaron, sobre la base de algunos rumores, los del café –el viejo del gallego, ya finado— que andaba desesperado `por la promoción del lugar. Lo que vendía en esos tiempos, para el turismo de guita, eran el tango y los duelos, casi siempre puro teatro, pero se habló de uno en serio y vendieron el espectáculo. ¡Como pan caliente, che! Al día siguiente del duelo ya comenzó la peregrinación al lugar donde cayeron muertos los guapos, que no aflojaron hasta extinguirse mutuamente la vida. Ponían flores encima de los adoquines por donde se filtró la sangre de los contendientes. Los enterraron juntos, al Virulana y al Ancho, como murieron, abrazados en combate.

Cada tanto el Virulana, antes de que lo guardaran en el geriátrico, iba a visitar la tumba. Un día me lo encontré (me gusta verme, todo mármol, lápida pagada por adinerados cultores del rito arrabalero; me hace lagrimear el cariño que me tienen). Esa vez, con el Virulana, Buen Día, Chau. A cara de perro. Pero me vinieron ganas de terminar el duelo nunca iniciado. Decí que se me hacía tarde para el remedio de las 18, pero le vigilaba la mano cuando hurgaba bajo el sobretodo, buscando el pañuelo. Medio achacado parecía, no le sonaba bien la respiración..

Pero si Virulana y el Ancho están vivos, es un decir, ¿quiénes son los combatientes abrazados bajo tierra?¿quiénes pelearon?¿alguien peleó?

.Yo no te puedo cantar la justa, porque en esos momentos –los del duelo, que un duelo hubo, y que murieron varios, más que dos— yo estaba en otro revuelo, éste de mujeres. Pero te cuento lo que sé.

Se hablaba de un inminente choque Virulana-Ancho. La promoción llegó hasta el Centro y los barrios ricos. De ahí vino un aristócrata —que traía varios amigos—, que no sólo quería ver el duelo, en primera fila o sea al lado, sino que quería pelear, inmediatamente, con el vencedor. Y con la guita que ponía si yo me hubiera enterado a tiempo, paraba todo, lo convencía al Viru y arreglábamos. Total, no pedía que fuera a muerte; al segundo lance me dejo pinchar, un tiempito en cama y a vivir a lo rico.

Pero, como te dije, estaba en otra. Dicen que el aristócrata, al ver que el duelo no arrancaba, mostró un fangote de plata y exigió hacer un duelo con uno de los guapos, o con los dos. Estaba agrandado, el pituco. El gallego, desesperado por no encontrarnos, agarró a cualquiera (al Ramón) y dijo la frase que creó la historia: “vos sos Virulana, o el Ancho, o lo que carajo diga el platudo, y le hacés los duelos que él quiera. El no conoce nada ni a nadie, así que le das lo que pida”.

Ramón tenía un hambre de fama que se comía las paredes. Se la tomó en serio. Se apersonó al pituco y le preguntó que por quién quería ser agujereado Éste respondió a los gritos que los agujeros los iba a hacer él, Mario de Andrea, que era campeón de florete, sable y con dos muertos más el primer campeón nacional de facón, y que no importaba el orden, que iban a fallecer todos los que se le pusieran adelante.

Enamorado del mito del guapo, el pituco estaba mostrando sus dotes de fanfarrón, que, como sabemos, hacen a un guapo que se precie.

Pero para qué. A oír esto Ramón se fue al humo: que el pituco se prepare, que le iban a caer encima Virulana, el Ancho y el famoso “Hacha ”Ramón” y que cuantos más ”señoritos” más alta la montaña.

El famoso duelo fue una caótica batalla campal entre guapos de segunda y pitucos de cuarta. Cuando aparecieron armas de fuego todos se dispersaron. En una vereda, peleando como perros rabiosos, levantando polvo, sólo quedaban Ramón y el pituco, abrazados como garrapatas, desangrándose hasta el final. Los pocos que quedaron —turistas, poetas— cuando llegó la policía, informaron que “los abrazados” eran Virulana y el Ancho, adversarios después de la muerte.

Muchos sabemos de este error ridículo, de levantar un altar a un duelo que nunca existió, al menos en ese lugar. Pero ¿quién se animó a aclarar?¿Y para qué?

¿Y el duelo, el verdadero? El duelo Virulana-Ancho se cometió en un baldío oscuro y recóndito. Fue por un problema de pantalones. Aunque la verdad sólo la saben ellas. Dicen que era por un porteñito pintón y sobrador, y que decidieron jugarlo como ellas, esposas de guapos de renombre, veían cómo lo hacían los machos, en duelo criollo. Y dispuestas a tirar definitivamente la chancleta, sedientas de aventura, se citaron en el baldío.

Cuando yo me enteré, cuando me avivé que la noticia del duelo Virulana-Ancho se refería a nuestras mujeres, nuestras insospechadas esposas, pregunté, apreté a todos y especialmente a todas, hasta que, naturalmente, una amiga me batió el lugar. Cuando llegué, las mujeres, despatarradas como focas, tirando cada tanto un tajo por aquí y otro por allá, estaban más rayadas que cuaderno escolar. Daban lástima, che.

El Viru estaba, desde quién sabe cuánto, sentado sobre una piedra, jugando con un palito, totalmente indiferente a la escena. Ni me miró.

La verdad que era duro de tragar, el asunto. No había honor en juego, era una vergüenza. Así que al rato, sin saludar a nadie, me fui caminando despacio, pasé por casa para armar la valija, y me vine a esta pieza que me prestó un amigo.

Me estuve un tiempo pensando, recordando, hasta que tomé una decisión, que es la que hoy, años después, mantengo: se van al recontra remil carajo todas las mujeres, de cualquier edad o religión, todos los machos guapos o malandras, todos, todos los seres vivos, ni hasta perros quiero, que también hay hembras y por ahí caen los machos.

Uf, hace mucho que no hablaba tanto. ¿Vos pensás que me hizo bien, descargarme? Para nada, la vida me pesa lo mismo que antes. Por eso prefiero estar sólo.

¿Contactos? Pocos, los necesarios, los inevitables. Averigüé lo del Viru —lo del geriátrico— porque siento que es lo único pendiente, o porque pienso en él y no sé quién fue el más pelotudo de los dos y mientras él viva va a pensar que yo fui el más pelotudo, así que tengo que matarlo. Y con eso sí, me parece, se me va a aligerar el alma.

Adiós. Gracias por la visita. Y no vuelvas cuando quieras.

Derecho de réplica.

Y ¿Qué querés que te diga ese cornudo, que se refugió en una madriguera, para tapar su vergüenza, y aún ahí no se aguanta su compañía?

Yo no me escondí. Defendí mi honor como correspondía, le fisuré el corazón al porteñito. En realidad no se qué le correspondía al pobre, un pibe bonito, medio amanerado, le estaban echando el ojo, qué culpa tenía que dos viejas locas perdieran la cabeza por él, o porque estaban hartas de ser amas de casa. Pero así está en el manual. Y Virulana lo sigue al pie de la letra

Cuando las busqué, las mujeres ya se habían borrado, capaz que juntas. Dicen haberlas visto en un prostíbulo de Santa Fe, ofreciendo servicios en conjunto, pero se dicen tantas cosas.

Cuando ví, allá en el baldío, a las hembras arañándose con los filos, me borré del mundo. No vi.al Ancho, no vi irse a las mujeres. Creo que ya amanecía, cuando desperté y decidí volver a casa. Creo que ese rocío helado, esa humedad penetrante, me jodieron los fuelles para toda la vida.

Pero acá estoy, y decile al bocón que nunca le esquivé al duelo que arregle por fin nuestras cuentas. Yo no me escapé, ni me pienso mover ahora. Que cuando quiera que venga. Así, con suerte, cerramos la historia como corresponde, como guapos.

Drama en un geriátrico

En la madrugada de ayer, en circunstancias aún no aclaradas, un hombre de edad avanzada (según testigos presenciales el otrora famoso guapo de barrio Anselmo “el Ancho” Ruibaldez) irrumpió en el geriátrico Brisas de Invierno de esta localidad, exigiendo la inmediata comparencia de uno de los pensionistas de la institución, en su tiempo renombrado malevo Vicente “Virulana” Barrientos.

Apersonado el requerido, se produjo un violento intercambio de gritos, insultos y amenazas con armas blancas que, se supone, portaban los ancianos.

Ante el espanto de los presentes, los dos hombres se abalanzaron mutuamente, en un forcejeo intermitente y confuso, con frecuentes pausas, probablemente requeridas por ambos combatientes para recobrar fuerzas. El combate siguió con ambos caídos en el suelo, alternando forcejeos y jadeos, hasta quedar inmóviles.

Informes preliminares comunicaron el lamentable fallecimiento de los belicosos ancianos, ambos por causas naturales (paro cardíaco e insuficiencia respiratoria, respectivamente, no encontrándoseles heridas cortantes ni contusiones serias.

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CUENTO FINAL


Charla con el guapo

—Don.

—...

—Eh, Don —la nena empujó con el puñito el brazo del hombre, acostado oblicuamente, en el declive del zanjón—. El hombre abrió los ojos, miró a la nena, sin un gesto, y volvió a cerrarlos. Anochece. Se está poniendo frío, por lo menos para el hombre, que quiere descansar.

—¿Se está muriendo?— otra vez el puñito.

El hombre esta vez intenta levantarse. No quiere dar una mala imagen a la nena que lo observa. Si llegó hasta aquí, un poco más se puede.

—Perdón. Me tiré un poquito —Como si pudiera, la nena se esfuerza por sostener el corpachón del hombre, que se arrastra por el pasto hacia la vereda y que luego de unos intentos cambia de dirección y busca un árbol cercano. Con esfuerzo se desliza, hasta quedar sentado, la espalda contra el tronco—. Mejor descanso otro poco —. Tiene la camisa arrugada, pegajosa y hedionda de sangre. Quién sabe desde dónde viene, aunque cualquiera se da cuenta que va a encontrarse con la muerte.

—Entonces espéreme que me traigo la sillita y charlamos —. La nena se dirigió corriendo a la casa, volviendo al rato con una sillita. La colocó al lado del hombre, se sentó, y al momento salió corriendo de nuevo. Volvió con un vaso con agua, que ofreció al hombre. Sonrió con satisfacción cuando vio a éste tomar con ansiedad.

Se sentó, se estiró la faldita, y comenzó.

—Ud. es don Nicasio, ¿verdad? Mi papá dice que es el guapo del barrio.

—Era.

—Que todos le temen, que tiene mucho poder —la nena continuó citando a su padre.

—Pura arena... En un tiempo, parecía que sí. Me perdieron el miedo y ya no queda nadie, ni para ayudarme a morir.

—Yo lo ayudo, si quiere, pero ¿y su familia, sus hijos?¿también le tienen miedo?

—Ni eso. ¿Qué edad tenés? — el hombre miraba en ella, quién sabe, un pasado perdido.

—Me llamo Lucía y tengo seis años —dijo, orgullosamente—. El invierno pasado mi papá estuvo con fiebre, mucha fiebre. Yo lo ayudé hasta que se curó. Yo tenía miedo de que muriera. ¿Qué es morir?

—El moribundo lo pensó. No era fácil, justo en ese momento. Miró largamente a Lucía— Morir debe ser no tener una niña de seis años que acompañe.

—¿Y que lo quieran? Mi mamá siempre dice que el amor es la mejor defensa en la vida —confrontaba experiencias la nena.

Tan joven y ya con el libreto, pensó él. —Entonces yo ya estoy muerto hace rato; años. O miedo o amor. Yo elegí que me temieran (o no elegí, se dio), y eso también lo acabo de perder..Chiquita... estoy muy cansado. Comienzo el viaje a no se dónde; tu papá te va a explicar. Entrá a casa que es muy tarde. No te olvidés de mí —. El frío le estaba entrando en los huesos. Por fin la paz.

El hombre cerró los ojos. Lucía permanece parada respetuosamente, un largo rato.

—Don. Eh, Don —otra vez el puñito—. Se murió —se dijo a sí misma, suavemente—. Levantó el vaso caído, recogió la sillita y se alejó en puntas de pié. Cuando llegó a la casa comenzó a correr gritando:

—¡Mamá!¡Papá! ¡Estuve charlando con el guapo!


El viaje

Me deslizaba –me sentía deslizar- entre abismos violetas, morados. Cada tanto una escena (una estampa, un cuadro, una acción fugaz). Eran momentos de mi pasado, sin un orden entendible.

El llamado me retornó al frío de sus huesos. ¿quién era? La nena, me preguntaba algo. La lejanía me impidió entender. Adiós entonces.

Brilló en el camino mi primer cuchillo. “El piadoso”, lo llamaba; tan delgado y filoso que no dolía al entrar en las carnes, decían (yo decía).

Maldito mensajero del futuro que fue el pasado que ahora termina. Si hubiera entendido el mensaje... si hubiera podido elegir... ¿cómo?¿tuve alguna oportunidad, el ángel exterminador me dejó ver algo, en su espejo de acero?

Apareció como aparecen los instrumentos del demonio, que luego de sacrificar a su víctima esperan, agazapados, a su nuevo cándido, suicida poseedor.

El cuchillo brillaba tenuemente en el borde de la zanja, reflejando la luz de un farol cómplice. El duelo reciente tuvo, al menos, un muerto, ahora en viaje al infierno.

Llegué yo, Seguía subrepticiamente esos enfrentamientos ominosos, magnéticos. Sentía la muerte flotando sobre los seres arrojados a su destino, y cayendo luego, fatalmente, sobre uno de los cuerpos en lucha, ahora sepultado bajo el manto congelado de la muerte. Por un momento, había un silencio de catedral esquelética sobre la escena. Había, para mí, grandeza; no vi la miseria.

Y comencé, con el cuchillo, explotando una circense y hueca fama, en la cuadra y algunas esquinas vecinas. Y así, el camino iluminado de la notoriedad se fue transformando, sin poder –sin querer- evitarlo, en el oscuro pasadizo que recorrí, y recorro ahora, siguiendo la luz oscilante del cuchillo maldito.

La sonrisa de Rocío emerge del abismo; un estremecimiento recorre mi cuerpo ya exánime.

—¿Te alcanza el coraje para defender a tu hembra, artista de varieté? —La pulla venía de un grupo de ansiosos de copar mi fama—. Robles te espera, en el baldío. Se llevó a tu novia, capaz que ella quiso. No te demorés,

Bañando con su sangre los pastos hirsutos, el cuerpo de Rocío se hundía en la tierra mojada.

—Se quiso escapar, cuando se enteró que venías por ella. Valiente, la mina, se sacrificó por vos. No quisimos matarla, pero a veces pasa. ¿Tenés algo que reclamar?

Una orgía de muertes, ese día y siguientes, fue la cosecha de mi furor herido de remordimiento, poseído de locura. Ahí cimenté mi fama de guapo sediento de sangres ajenas y borracheras propias.

Mataba por no soportar el recuerdo de Rocío; seguí matando porque no fui capaz de dejarme morir, a manos de otro esclavo del destino dibujado por su cuchillo o su vanidad.

¡Qué fácil me resultaba matar!¡Qué difícil vivir entre las muertes!

—Agarralo. Llevátelo y te asegurás un futuro inevitable —ofrecía sinceramente. Nadie, nunca, aceptó. Dicen que brillaba en noches sin luna. A mí me anunciaba, titilando, la cercanía del siguiente cadáver. Creo; o ya me estaba volviendo loco, en esas noches solitarias, frente a frente, mi cuchillo y yo.

¿Por qué estoy ahora aquí, navegando hacia el abismo frío? Me mató –ya estoy muerto- el padre de Rocío.

—Vos la asesinaste, miserable. La jugaste a los dados de tu vanidad de malevo de estiércol. Tengo que vengarla. Le quitaste el futuro, me quitaste el presente.

Saqué el cuchillo, sólo para mirarlo. El gris oscuro, impenetrable, de la hoja, absorbía sin reflejar los rayos de la luna llena. Llegamos al final, por fin. Soy culpable, cóbrese.

Los disparos me dieron de lleno. Caí, sin ruido, sobre la calle solitaria. El hombre ni me miró, se fue despacio, tal vez más tranquilo.

Lentamente, a los tropezones, con el cuchillo en la mano, me fui encaminando hasta aquí, junto a este árbol, desde donde antaño miré el duelo que marcó mi destino, donde encontré el acero que me esperaba.

Ya lo perdí. No se dónde se me cayó. Alguno lo va a recoger.

Debo estar llegando, ya ni el frío siento. Qué me tocará. No debe ser el cielo, porque está lleno de gusanos.


Gira la rueda


—¿Todavía está?.

—Si, si está muerto.

— Entonces esperame que traigo el banquito

El Pulga, cuatro años, hermano menor de Lucía, vino corriendo con su banquito, lo colocó al lado del de Lucía, y –sentados, serios los dos, observaron el cuerpo quieto, sentado contra el árbol, las manos a los costados, la cabeza caída.

—Pero ¿seguro que está muerto?

—Y, sí ¿Cuánto hace que no se mueve?¿Querés que le pregunte?

—¿Y va a responder? Los ojos dilatados del Pulga brillaron en la noche.

—Es una broma, tonto —lo calmó Lucía, satisfecha de tener un hermano menor.

El Pulga se acercó al muerto y esta vez él, con su puñito más chico que el de su hermana, le golpeó el brazo.

—No parece guapo —evaluó Pulga.

—Pero papá dice que es el jefe de los guapos, el más malo. Si no lo saludás te “seca” —memoró Lucía.

—¿Papá nunca fue guapo? —pregunta el Pulga.

—Yo creo que sí —Lucía sabía todo, o por lo menos hablaba de todo—. Cuando yo era chiquita y pasábamos por el Social y Deportivo, papá me contaba “la de aventuras que viví en esos patios”, antes de que llegara mamá, y que “algún día te voy a contar”, me prometía medio emocionado.

Algo pasó, algo feo, que no volvió a entrar. Pero le gustaba, eso seguro.

—Yo cuando sea grande voy a ser guapo —de un salto, el Pulga se agazapó delante de Lucía, con un cuchillo gastado y sucio en la mano—. No te asustés, se le estaba cayendo al muerto —calmó a la hermana, que estaba a punto de correr aterrorizada a la casa, si los padres lo ven lo matan—, parece que lo estuvo usando, no está seco, ni se tomó el tiempo de limpiarlo.

—Tenés que devolvérselo —moralizaba Lucía.

—¿Para qué, si ya no lo va a usar? —apretaba el cuchillo con determinación —No botoneés; éste va a ser mi cuchillo de guapo, lo voy a limpiar y sacar brillo, todos me van a temer.

—¿Y si te pasa como a este guapo, que se quedó sin nadie que lo quiera?

—No, tonta. Si para eso tengo a mis papás, y también a mi hermana —completó meloso el Pulga.

—Esta bien, pero escondelo que no lo descubran —decidió Lucía, ilusionada con ser la hermana del más guapo del barrio—. Ahora vamos a casa que hace fresco.

Los dos hermanos, juntitos, contentos, entraron a la casa y cerraron la puerta.

Parada final

Debo haber muerto, ya no hay gusanos. No hay fuego. No danzan a mi alrededor.

Pero es el infierno, seguro. En esta oscuridad que espanta, bajo este silencio que se congela en miedo, una esencia fétida, repugnante, emana de todo. ¿Qué es, si no hay nada?¿De dónde, entonces? Estoy yo. Me huelo, me palpo en el vacío. Me doy asco. Maldad infinita, inconmensurable. ¿Eso quedó de mí? Eso soy. Soy mi infierno. Yo y mi sed maligna. Yo y mis recuerdos de alimaña. Y mi cuchillo. De pronto aparece, brillante como luna llena, jadeando resplandores de fiera sedienta.

¿Es ésto el infierno? Una sucesión interminable de escenas de mis ejecuciones, la bestia satisfecha con el festival de sangre, miedo y muerte, luego una nueva sed, nuevas crueldades, y el hedor constante, la maldad y sus fauces. No es un castigo, es un premio al predador, el desfile incesante e insoportable de sus hazañas.

Pero yo no siento ese placer, sólo el de la venganza. Mitigué mis dolores, matando; calmé mis rencores, matando, Cobré deudas, matando. Preservar, sanar, salvar... Jamás pedí por nadie ni, por mí. A nadie debo.

¡No! “Bañando con su sangre los pastos hirsutos, el cuerpo de Rocío se hundía en la tierra mojada.” ¡No, Rocío, no! ¡Cuanto pagué, cuantos pagaron, por tu muerte!

¿Pude evitarla?¿Pude humillarme, ofrendar mi dignidad, mi orgullo, por salvarte?

Cuando te vengué me planté petulante ante el mundo y, sí, ante mí mismo. Pero ¿y mi memoria?¿y mi piel, sedienta de tus manos, tus labios?¿y mi alma, mecida en tu ternura, tu insondable amor? Te sacrificaste por salvarme. Salvé mi arrogancia; te inmolé en mi altar, en mi homenaje. Veo mi cuchillo hundirse una y mil veces en tu carne, la maldad saciándose en tu inocencia. Esto es el infierno. Fuiste una más de mis víctimas. Fui uno más de tus asesinos.

¿Es que no hubo en mí nada digno, sólo arrogancia de “guapo” de albañal, un desecho irrecuperable? La nena me admiraba...

¡La nena! Le dejé mi cuchillo. ¡Qué estúpido, que egoísta! Ese filo voraz fue mi reflejo, mató por mi, lo alimenté con mis odios, mis vanidades. Delegué en él mi escoria, me quedé con mi soberbia inexpugnable. Fue un instrumento del demonio, yo fui –soy-, el demonio, éste es mi infierno.

No puedo morir mientras mi cuchillo esté vivo, mientras siga matando. Le nena... Lucía...

—Si, lo oigo, don Guapo. Mire que es duro Ud. Aquí, hundido en el barro, llamándome. ¿Y si lo llevo a la cama y le doy una sopita? No sé como lo oí, pero aquí estoy. Le oí hablar del cuchillo. La verdad, me da miedo. Primero me alegró verlo al Pulga con él. Ser hermana del guapo, qué me dice, Pero después lo miré bien, al Pulga digo, está inaguantable, a cada rato desenfunda y me amenaza. Es un “malo” dice. ¿Qué dice, don Nicasio? Dámelo, me dice. El cuchillo, claro ¡Pulga, Vení que te llama el guapo!. No, todavía no murió, dice que le falta algo, que le devuelvas el cuchillo.

El Pulga se acerca. Don Nicasio habla, pero no a ellos, quién sabe a quién le queda algo que decir. Solo su mano, urgiendo, dámelo. El Pulga se lo da, reticente. Con sorprendente vigor la mano aferra al cuchillo, que relumbra.

Vos y yo quedamos, maldito. O yo y vos. Mi sed, tu ponzoña, mi infierno. Tenemos una cuenta pendiente, vos y yo, cerremos ya, total, vos y yo no somos más que un vómito de crueldad de una atroz bestia sanguinaria. Hagamos lo que nunca hicimos, enfrentémonos.

El cuchillo de Nicasio trazó un surco de sangre en el brazo de Nicasio. No más víctimas, Nicasio. Nos odiamos, nos matamos y ya. Ya estamos condenados, este gesto no cambia nada. Nos espera el infierno, que ya no sé como será.

El ya cadáver de Nicasio se hundió lentamente en el sanjón. El cuchillo quedó atrapado en unos pastos. Lentamente perdió toda luz, todo brillo. Quedó un fierro sucio y oxidado y una madera podrida, que el Pulga terminó de enterrar en el sanjón.

NO TIENE RETORNO



Las calles están húmedas, pegajosas, como inundadas de sangre.

Mejor me calmo, se dijo, veo todo fúnebre, como mi suerte. Su traición no me dio para optimismo Me cuerneó en público, con la platea llena.

Palpó el metal. El frío lo apaciguó, le transmitió el letal impulso de la venganza sin recodos, la ejecución final.

—Acá no estuvo, Chino, está escondida, sabe que la buscás —el dueño del quilombo no quiere lola. Ni los clientes preguntan. Total, últimamente no daba mucha ganancia. Y ahora.... Que sea lo que sea, pero afuera.

—¿Y el Rosales? No le reprocho la encamada. Si me la pedía la entregaba con moñito. Pero así, de sotavento... Diga que la cara no tiene espacio para otro tajo, pero ya veremos.

Apuró la grapa que solícitamente le sirvieron y se retiró. No pensaba hacer líos por una puta.

¡Una puta!¡Qué pendejo que fui! —pensaba, mientras se encaminaba al bar del bajo—. Nunca me engrupí con salvarla, pero me ilusioné –gil- con un mundo aparte, ella y yo, en el calor de la piecita. Pero se veía venir, el vicio era mas fuerte que ella.

En el bajo, los perros se atropellaban revolviendo la basura. La luna, viciosa, no perdía detalle del desenfreno de los instintos, en los rincones oscuros.

Con el Rosales no tardó mucho. La garganta no tenía marcas. Hasta ahora. Decí que un degüello no es limpio, mucha sangre.

Le dejó el cuchillo puesto. Palpó. Lo de ella, frío, indiferente, brilló al sacarlo Esto es tuyo, Rubia, repasó.

Subió la escalera del conventillo. No había nadie. A la vista. Un coro de alientos entrecortados se elevó al cielo, hasta la luna se tapó con una nube tétrica y lujuriosa.

—¡Chino! ¡No sé qué hice! Estaba, no sé, loca, vos me conocés, si vos...

No pudo seguir. Desorbitada, trémula, siguió con la mirada la mano del Chino buscando en su cintura

—¡No!

Pero ya era tarde. El metal refulgió por un instante, anunciando el final. Después voló hacia su destino

—Esto es tuyo —el Chino sentenció fríamente—. Quedate con el llavero, para que no te ilusionés con mi vuelta. No tiene retorno.

La Rubia lloraba.

DRAMA MALEVO

(Versión libérrima del tango “Una carta”)

Lloró el malevo esa noche sobre el piso de cemento...

¡Qué bien que vino, viejita! Ud., con sus achaques, su reuma, su ciática, sus 80 y pico de años, no se olvidó de mi cumpleaños. Sólo que, con esta tormenta, se podría haber quedado en la cama. El viaje en tren es largo, el lugar inhóspito, el presidio no está en una zona balnearia. Pero claro, ya tenía hechos los biscochitos, Ud. me va a malcriar, vieja.

Qué quiere que le diga, esto no es un jardín de rosas. Gente de la peor laya, alimañas, bestias, no hay respeto ni conducta. No, a mí tampoco me respetaron, vieja Perdone que gimotee, pero delante suyo sigo siendo el “mi chiquito” de siempre. Pero no yo sólo; aquí de noche parece la Casa Cuna.

¿Que qué me hicieron? Me hicieron de todo, vieja, me... me violaron. ¿Cómo que qué me violaron? Eso, me violaron ¿No entiende?¡Me rompieron el culo, vieja! ¡Fueron unos bestias!
Bueno. No fueron, fue. El ñato Ramón, un día que estábamos solos en la ducha. No es un mal hombre, la última vez me preguntó si me dolía. Ahora no, le dije. Me pidió perdón, que ya el primer día en la prisión se metejoneó conmigo, que ahora solo yo le importaba. Me enterneció, pero Ud. sabe que los hombres son todos iguales, a cuántos le dirá lo mismo. Ahora me regala chocolates.

No llore, viejita, más se perdió en la guerra.

Pero si hay algo que me duele, es lo que me contaron de la Mecha, que al mes metió a otro tipo en la piecita. Que es el hombre de la familia, que Ud. hasta le plancha la camisa. Eso no, vieja, que una cosa son los clientes, todo servicio, que de algún modo hay que parar la olla, y otra es tirar la chancleta por puro vicio de reventada, sin viáticos, gastos fijos, nada. De cafishio suplente yo no lo nombré. ¡Si descolgó mi foto de arriba de la cama!

Pero hasta ésto pasaría, que bien sé que la Mecha sufre de ardores, si a mí me dejaba con ojeras hasta el bigote, ¡pero al mes! Si yo no me fui, que culpa tengo de que, en pleno choreo, me tropezara con el gato, y ahí el quilombo, tiro va tiro viene y yo, con un matagatos, pagué por unos agujereados con 38 y no sé cuántas lucas desaparecidas, cómo, si yo del lugar del hecho a la celda, sin ni siquiera los cigarrillos me dejaron. Me hicieron la cama y hoy pago por otros con uniforme.

Pero el Minguito en un orfanato, eso no. El Minguito tan educado, tan respetuoso de los valores, si me acuerdo cuando me dijo “otra vez robando de la caja para gastos, viejo, después tenemos que rogar de fiado”. Con un solo cachetazo entendió:”¡no le falte el respeto a su padre, mocoso!”. Si yo, en mi vida le alcé la voz al jueputa de mi padre, ni cuando la fajaba a Ud. con la toalla. Nunca más me dijo nada, el pibe, lo que es la educación, ¿no?

Y ahora, en la casa de los pibes sin hogar, donde no hay ejemplos, ni valores que formen. De ahí salen viciosos, chorros, o peor, criminales. Por qué un chico de buena familia tiene que terminar así.

Eso no tiene perdón, vieja.

Por eso, cuando vuelva a casa, fíjese en el pesebre, debajo de la virgencita, si está mi daga. Limpiemela y déjemela lista para usarla, La Mecha tiene conmigo una deuda de honor. Y el honor está por encima de todo.

Con el honor no se juega, vieja.

EL HONOR DE LOS MORÁN

Cuando el “Vena” Rosales se llevó a la Elvira, una tarde de vecinos mudos, Vicente sabía que el hermano mayor, Eleuterio Morán, se haría cargo de recuperar a la hermana mancillada y reponer el honor de la familia.

Los Morán, Eleuterio, Elvira y Vicente, vivían en una casa hecha por sus padres con la colaboración de toda la familia. Todos los fines de semana se venían al lote comprado al borde de Carupá y de la civilización. La vida no daba para flojedades, de manera que los chicos se acostumbraron a una educación esquemática y sin márgenes para la interpretación.

Para la época del fallecimiento de los padres la edificación estaba precariamente terminada. Ya se habían mudado, no bien estuvo habitable, y continuaron la edificación en turnos diarios.

Ya solos, Eleuterio se hizo cargo de la familia, gobernándola con mano firme.

De todos modos alguna rienda habrá quedado floja porque, dicen que dijeron, vieron a la Elvira conversando con el Vena unos días antes y, el día del hecho, salir apresurada con una valija en la mano y caminar rápido, no sin antes cerrar con llave, en dirección a la esquina donde estaba el Vena, al lado de un coche estacionado.

—No viene al caso —dijo Eleuterio, en una de sus pocos momentos de locuacidad—. Al Vena lo despeno, y a la Elvira, si es por las buenas, la consuelo, y si es por las malas, la traigo a la rastra.

Y se quedó esperando, en el bar o en la casa, hasta que llegaron noticias de haberlo visto en la parrilla y baile de debajo del puente. El sábado siguiente se fue a buscarlo, sólo y ceñudo.

Eleuterio era, como guapo, respetado. Pero no temido, no se le conocían muertes importantes. Será por eso que, desde el comienzo, los asistentes concluyeron que su vida iba a depender más de la voluntad del Vena, y de la suerte, que de su destreza con el cuchillo. Y el Vena no tuvo piedad: en la primera oportunidad le taló la vida de un solo tajo. No por maldad ni odio –al final eran como cuñados-, pero si algo caracterizaba a los Morán era su determinación indeclinable, su tozudez. Era más prudente borrar el peligro, la compasión no asegura larga vida.

Cuando el “Vena” Rosales se cargó al Eleuterio, Vicente supo que él se tendría que hacer cargo de recuperar el honor de la familia. Máxime cuando, a los pocos días aparece la Elvira, con su valijita, en un llanto continuo que sólo se alternaba con un mutismo sobrecogedor.

Vicente sabía que sus veintidós años no harían que nadie pusiera boletos a su favor, pero su confianza en su agilidad y reflejos, y la determinación de familia, lo llevaron a interponerse en el camino del Vena una noche, poco antes de la madrugada.

—¡Puta que tiene gallitos ese gallinero! ¿Vos también estás cansado de la vida?- preguntó el Vena.

—Me hago cargo de defender el honor de los Morán y de vengar a mi hermano-, respondió Vicente, cuchillo en mano, con una voz más firme que su espíritu.

Como cansado, el Vena se quitó el sombrero y se pasó el brazo por la frente, secando un sudor inexistente. Miró a Vicente como con ternura, acercando su cara a la de él.

—Vengar a tu hermano...Tenés derecho, aunque el duelo fue en buena ley, y no habría nada que vengar. Si querés, lo podemos dejar así.

—El nombre no se negocia! —grito Vicente —¡Vine a saldar la cuenta....!

El sombrero, en una ráfaga, tapó a Vicente la luz del farol y, en secuencia relampagueante, lo hizo taparse el rostro, retroceder, caer y soltar el cuchillo. Un pie del Vena en su pecho, dejó a Vicente pegado al suelo.

—Y en cuanto a honor... —continuó el Vena—, limitate a cuidar el tuyo, no te hagas cargo de honores que no sabés por donde se arrastraron. ¿Sabés por qué volvió Elvira a su casa? Por su vocación de puta; a la semana de estar conmigo la agarré culeando, a los alaridos, con un pituquito del barrio. Ese honor no se preserva ni con creosota. Por otro lado, seguro que con Uds. iba para virgen vitalicia, así que cuando aparecí yo, como cualquier otro, se le despertó la vocación.

—Pero qué querés... para mí ya se acabó eso de los honores de guapo —finalizó—. Unos cachetazos y la eché. Y ya van a ser dos las vidas que perdono, tal vez para mi mal. Andate, nadie nos vio, mirá para adelante. No hay rencor.

Humillado, tembloroso, indignado, Vicente vio al Vena alejarse despaciosamente.

La sangre, latiendo desesperadamente en las sienes, mareaba a Vicente. No podía con su alma. Había fracasado.

—La siguiente es la vencida —se dijo mientras seguía limpiando el revolver, que había sido de Eleuterio, que lo había heredado de su padre.

La Elvira, como en noche de brujas, giraba a su alrededor, encorvada, tensa, mirada de hurón. Desde su vuelta vestía de negro, pañuelo negro en la cabeza, quién sabe qué luto guardaba.

De vez en cuando Vicente la veía pasar. —Mirá que vocación de puta... —rumiaba—.¿Qué estoy defendiendo? Pero no hace, el nombre está por encima, en todo caso después la interrumpo.

A la cuarta ginebra se levantó, se puso el revolver en la cintura, y salió.

Encontró al Vena saliendo del bar. Era noche oscura y agoreramente fúnebre. A veinte pasos, empuñó el revólver. Agarrotado, demudado, gritó —¡Vena!

El Vena se revolvió con celeridad, mientras sacaba su arma. Vicente se agazapó. Apuntó, temblando, el revólver. El disparo despertó a los pájaros y espantó a perros y humanos. El Vena trastabilló, agrandó inverosímilmente los ojos, torció la boca en un rictus de frustración y cayó muerto.

Vicente, espantado, no entendía nada. ¡No había llegado a disparar! Giró, revólver en mano, y la vio. La Elvira, detrás de un árbol, cara de poseída, guardaba algo entre sus ropas.

Llegaba gente, gritando. Dos hombres salían del bar, arma en mano. Un policía se acercaba corriendo.

—¡Puta de mierda, no me vas a robar esto! —masculló Vicente desesperado, al borde de la locura.

—¡Fui yo!¡Fui yo! —gritó, mientras disparaba, desenfrenadamente, sobre el cuerpo de un Vena ya pretérito. Las balas de la autoridad carcomieron impiadosamente a Vicente. Se derrumbó flojo, como globo sin aire.

Vicente quedó como ejemplo de quien toma a su cargo el honor de la familia, la limpieza del nombre. Hoy día no se le da mucha importancia a estos asuntos, pero es bueno tener un ejemplo a mano, por si se diera.

Dicen que la Elvira vive feliz, como toda persona que logra su vocación. La recuerdan y evocan en todos los burdeles del conurbano.

Eso sí, nunca dejó de vestir de negro.

Del trágico suceso, nadie vio realmente qué pasó. Por eso nadie se preguntó si a quién disparó realmente Elvira fue al Vena.

LAS INTRUSAS

En memoria

Los hermanos Sandoval, Ramón y Martiniano, vivían en Balvanera, en los fondos de un galpón que usaban como depósito de repuestos de maquinarias. A la muerte de sus padres se hicieron cargo del negocio, sin descuidos ni desatenciones, y sin quitar tampoco mucho tiempo de sus tareas habituales: la noche, las mujeres, las pendencias.

Parcos, sin ser huraños, distribuían su tiempo entre la actividad obligada –atender el galpón- y sus afecciones de putañeros y pendencieros, ambas ejercitadas sin excesos, sino adecuadas a su condición de animales jóvenes.

No compartían ni se comentaban sus andanzas, pero todos sabían que enfrentarse con uno llevaba a encararse con el otro.

Frecuentaban el prostíbulo de la Colorada, llamada así no por el color de su cabello sino porque, dicen, alguna vez la vieron ruborizarse intensamente, nadie sabe cuando ni por qué.

Una pupila nueva, Deolinda, atraía por demás a Ramón, que pasaba mucho tiempo en el burdel, descuidando algo el depósito. Algunas indirectas de Martiniano originaron en los últimos escarceos duelísticos algunas aproximaciones peligrosas de los cuchillos.

Una mañana Ramón salió temprano. La noche anterior no había salido. Volvió al mediodía, con una mujer y una valija.

—Esta es Deolinda —dijo. —Se queda conmigo —Agregó.

Deolinda no perturbaba, hacía sus tareas en silencio, casi no trataba con Martiniano.

Era joven, activa, carnosa.

Paulatinamente la relación entre los hermanos se estaba poniendo tirante. Las opiniones adversas se expresaban principalmente clavando el cuchillo en la mesa. Era evidente que la presencia de Deolinda perturbaba a Martiniano.

Esa tarde Deolinda se despidió con un “Ahora vuelvo”. La mirada interrogante de Martiniano –no pudo evitarla- motivó de Ramón un “Fue a hacer un trámite”.

Volvió Deolinda, con otra mujer y una valija.

—Se llama Elvira —dijo. —Es mi hermana, viene a hacerme compañía.

Ramón agregó. —Si te interesa...

Elvira durmió unos días en la cocina. Al tercer día Martiniano le dijo:

—Agarrá tus cosas y venite a mi pieza.

La situación se había estabilizado, pero los Sandoval eran jóvenes y codiciosos. Cada uno curioseaba la relación del otro.

Ese día la hermanas secretearon seguido, lejos de los hombres. A la noche Elvira, después de lavar los platos, parada en la puerta de la pieza de Ramón, dijo:

—Con permiso, si no le molesta, —Luego de una pausa, agregó— la Deolinda va para lo de don Martiniano.

Ramón la miró, hizo una pausa larga. —Vení, acostate —decidió. Y masculló, entre inquieto y complacido: —Pucha con las intrusas, ya tomaron la manija.

El cambio de pareja se volvió una práctica frecuente. Las ocasiones eran siempre decisión de las mujeres, sin siquiera comentario de los hombres. Sólo una vez Ramón, incorregible, preguntó si no tenían otra hermana.

La muerte de Deolinda, una infección sorpresiva, fulminante, si bien sentida por todos, fue pausadamente asimilada. Elvira alternaba entre las camas, en ocasiones durante la misma noche. Vivían en familia.

La pendencia con los Linares –familia de guapos de cuidado- venía de lejos. Frecuentemente se encontraban, delegando en el cuchillo la resolución del problema. Había sangre, pero hasta ahora no hubo nadie a quién enterrar.

Un sobrino de los Linares, llegado hacía poco al barrio, quiso levantar su cotización en la familia. Una noche de tormentosas borracheras desafió a Ramón. Inexperto y arriesgado, una ominosa hoja en el pecho le reprobó el examen y lo mandó al cementerio.

Ramón envainó el cuchillo, saludó a los presentes y se encaminó a la casa. La humedad de los pastos, o algún presentimiento, hicieron estremecer a Ramón.

Los Linares lo alcanzaron cruzando el baldío. Entre varios lo desangraron por todo el cuerpo. El grito final, ·”¡A la puta, que me matan!”, avisó a Elvira, que terminó de despertar a Martiniano.

El combate fue infernal y desigual. Los Linares, con zarpazos de jauría, se lanzaban sobre las últimas energías de Martiniano.

Elvira, leona arrebatada, finalizó el duelo con el revólver que había traído en su valija. Como en un cuerpo a cuerpo, clavaba un balazo sobre quien alcanzaba con el caño del arma.

Un silencio de noche asustada corrió el telón. Ya era tarde para Martiniano

Elvira lavó y vistió los cuerpos, los acompañó a la fosa, los despidió, volvió a la casa, guardó las pertenencias de sus hombres, y se acostó a dormir en una cama que llevó a la cocina.

De permanente negro, mirada enclaustrada, siguió ocupándose de los intereses de la familia. No estaba muerta, sólo sin perspectivas ni ambiciones.

Cuando algún comedido le indicó que con su juventud y energía todavía podía tener esperanzas de una nueva familia, exclamó:

—¡Por favor!¿Dónde voy a encontrar dos maridos como ellos?